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5/27/2026
Fidel Ruiz

El cuento de la criada: cuando las distopías dejan de sentirse lejanas

Las grandes distopías nunca han sido realmente sobre el futuro. Han sido advertencias sobre el presente....

Fecha de publicación:
27 de mayo de 2026, 00:52

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    Las grandes distopías nunca han sido realmente sobre el futuro.

    Han sido advertencias sobre el presente.

    Por eso siguen incomodando tanto.

    The Handmaid's Tale, publicado por Margaret Atwood en 1985, pertenece a esa tradición literaria donde la ficción no imagina mundos imposibles, sino versiones extremas de impulsos humanos perfectamente reconocibles: el control, el miedo, la religión utilizada como estructura política, el cuerpo convertido en territorio ideológico.

    Décadas después, la adaptación televisiva The Handmaid's Tale —desarrollada por Bruce Miller y protagonizada por Elisabeth Moss— logró algo todavía más inquietante: hacer que esa distopía se sintiera cercana.

    Demasiado cercana.

    Hay series que envejecen como documentos de una época.

    The Handmaid’s Tale parece hacer lo contrario: mientras más tiempo pasa, más actual se vuelve.

    La historia de Gilead —ese régimen teocrático donde las mujeres pierden derechos civiles, autonomía corporal e identidad individual— podría haberse leído hace algunos años como una exageración narrativa. Hoy resulta mucho más difícil sostener esa distancia.

    Y ahí radica su verdadera incomodidad.

    No porque el espectador crea literalmente que el mundo se convertirá en Gilead mañana.

    Sino porque reconoce elementos que ya existen.

    La erosión progresiva de derechos.

    La radicalización política.

    La instrumentalización religiosa dentro del discurso público.

    La vigilancia moral sobre el cuerpo femenino.

    La idea de que ciertas libertades pueden volverse negociables cuando una sociedad comienza a gobernarse desde el miedo.

    La gran virtud de Atwood siempre fue entender algo esencial sobre las distopías: funcionan mejor cuando no inventan demasiado.

    Nineteen Eighty-Four imaginó un sistema construido sobre vigilancia absoluta y manipulación del lenguaje. Brave New World exploró el control social a través del placer y la distracción. Fahrenheit 451 convirtió la censura cultural en política de Estado.

    Atwood hizo algo todavía más incómodo: tomó elementos históricos reales —regímenes autoritarios, estructuras patriarcales, fundamentalismos religiosos— y los reorganizó dentro de una narrativa donde todo parecía posible porque, de alguna manera, ya había ocurrido antes.

    Por eso su frase más perturbadora sigue siendo cierta:

    “En el libro no hay nada que los seres humanos no hayan hecho ya”.

    Vista hoy, la serie inevitablemente dialoga con el clima político de Estados Unidos durante y después de Donald Trump.

    No porque Trump sea Gilead. Esa simplificación sería intelectualmente pobre. La relación es más profunda y más incómoda: el periodo político alrededor de Trump expuso hasta qué punto ciertos consensos democráticos podían fracturarse rápidamente.

    El debate sobre el aborto, los derechos reproductivos, las minorías, la polarización ideológica y el crecimiento de discursos ultraconservadores hicieron que muchas imágenes de la serie dejaran de sentirse metafóricas.

    Comenzaron a sentirse plausibles.

    Y una distopía deja de ser entretenimiento cuando el espectador empieza a verla como posibilidad cultural.

    Lo interesante es que The Handmaid’s Tale no funciona únicamente como crítica política. También opera como una exploración sobre la obediencia.

    La serie entiende que los sistemas autoritarios no sobreviven solo por violencia. Necesitan rutina. Normalización. Personas dispuestas a adaptarse porque adaptarse resulta más sencillo que confrontar.

    Ahí aparece una de las preguntas más incómodas de toda la historia:

    ¿cuánto tiempo tarda una sociedad en acostumbrarse a perder libertades si el proceso ocurre gradualmente?

    La serie nunca responde directamente.

    Pero obliga al espectador a permanecer dentro de la pregunta.

    Visualmente, la dirección encuentra algo brillante: convertir la estética en mecanismo de control.

    Los colores, el silencio, los encuadres rígidos, la repetición ceremonial… todo construye una sensación de asfixia donde incluso el orden parece amenazante.

    Y Elisabeth Moss sostiene el centro emocional de la narrativa con una actuación que rara vez necesita explosiones dramáticas. Gran parte de la tensión vive en el rostro contenido, en las pausas, en la mirada de alguien que intenta conservar una identidad dentro de un sistema diseñado para borrarla.

    Netflix reincorporó recientemente las temporadas completas de la serie, permitiendo que nuevas audiencias entren a una historia que, lejos de perder fuerza, parece adquirir nuevas capas conforme cambia el contexto político y social.

    Y quizá eso sea lo más inquietante.

    Las grandes distopías solían funcionar como advertencias lejanas. Uno podía cerrar el libro o apagar la televisión con cierta tranquilidad: eso pertenece al terreno de la ficción.

    Hoy esa tranquilidad parece más difícil.

    Porque el verdadero terror de The Handmaid’s Tale no está en sus castigos ni en sus símbolos religiosos ni en la brutalidad explícita del régimen.

    Está en reconocer que ninguna sociedad cree estar acercándose a una distopía mientras ocurre.

    Desde la periferia, la serie deja una sensación persistente: las libertades no suelen desaparecer de golpe. Se erosionan lentamente. A veces incluso con aprobación social. A veces envueltas en discursos sobre seguridad, moralidad o tradición.

    Y quizá por eso historias como esta siguen siendo necesarias.

    No porque predigan el futuro.

    Sino porque obligan a mirar con más atención el presente.

    Puedes ver The Handmaid’s Tale actualmente en Netflix.

    Y después de verla, la verdadera pregunta probablemente no será qué tan extrema parece la serie.

    Será otra: qué partes de ella dejaron de parecer imposibles.

    *Es autor de la novela 30 Días en Cana. Cuenta con estudios de interpretación artística de cine, por la Universidad Anáhuac de Querétaro.

    Fecha de publicación:
    27 de mayo de 2026, 00:52

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