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1/25/2026
Fidel Ruiz

El loco de Dios en el fin del mundo: fe, misión y el silencio del centro

Hay libros que se escriben para explicar algo. Y hay otros —mucho más raros— que se escriben para incomodar una certeza

Fecha de publicación:
16 de enero de 2026, 11:22

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    Hay libros que se escriben para explicar algo.

    Y hay otros —mucho más raros— que se escriben para incomodar una certeza.

    El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas, pertenece a esta segunda estirpe. No es una biografía del Papa, no es un ensayo teológico, no es un reportaje periodístico en el sentido clásico. Es, más bien, un acto de infiltración intelectual: un escritor abiertamente escéptico aceptando convivir con la institución que mejor ha sabido sobrevivir a la modernidad, para preguntarse —sin ironía, pero sin fe— qué queda hoy de lo sagrado.

    El viaje a Mongolia que articula el libro es apenas la superficie. Lo que Cercas pone en juego es otra cosa: si la fe todavía puede ser una fuerza activa en un mundo que ha aprendido a desconfiar de toda autoridad moral. Y, más aún, si la Iglesia —esa maquinaria milenaria— conserva la capacidad de moverse hacia donde no hay reflectores, ni poder, ni rédito político.

    Francisco o la fe como desplazamiento

    En el centro del relato aparece el Papa Francisco, no como figura sacralizada, sino como gesto en movimiento. Cercas no lo presenta como un teólogo brillante ni como un estratega institucional, sino como algo más incómodo para el statu quo: un papa que entendió la fe como desplazamiento constante hacia la periferia.

    Mongolia no es un destino exótico: es un manifiesto. Es el símbolo de una Iglesia que, bajo Francisco, decidió alejarse del centro del mundo para recordarse a sí misma que su razón de ser no está en gobernar, sino en acompañar. Ahí, en esa geografía mínima, la fe no sirve para imponer, solo para resistir. No organiza mayorías, apenas sostiene pequeñas comunidades invisibles.

    El libro sugiere —sin necesidad de proclamarlo— que el verdadero radicalismo de Francisco no fue doctrinal, sino misionero: una fe que se expone, que renuncia a la comodidad del poder, que acepta la intemperie moral como condición.

    Del papa misionero al papa silencioso

    Y es aquí donde la lectura de El loco de Dios en el fin del mundo se vuelve inevitablemente contemporánea y política. Porque el contraste es evidente.

    Si el pontificado de Francisco estuvo marcado por la visibilidad de los gestos —la palabra incómoda, el viaje al margen, la intervención simbólica—, el momento actual de la Iglesia parece dominado por un silencio que pesa.

    No un silencio teológico, sino un silencio frente a tragedias concretas que reclaman liderazgo moral.

    Venezuela es quizá el caso más doloroso. Un país devastado, una diáspora masiva, una sociedad fracturada por la pobreza y la represión. Frente a ese escenario, la voz de la Iglesia —históricamente influyente en América Latina— se percibe hoy distante, cautelosa, casi ausente. No basta con la diplomacia vaticana cuando lo que está en juego es la dignidad humana.

    Algo similar ocurre con Estados Unidos. En una nación atravesada por la polarización, el racismo estructural, el debate migratorio y la erosión del consenso democrático, la falta de un mensaje moral contundente desde Roma deja un vacío. No se trata de intervenir en política partidista, sino de ejercer aquello que Francisco encarnó con claridad: autoridad ética.

    El libro de Cercas no acusa, pero interpela. Y la pregunta queda suspendida: ¿qué ocurre cuando la Iglesia deja de moverse hacia la periferia y se repliega al centro?

    Fe, relato y cine: el valor del silencio

    Desde una mirada formada en la interpretación artística del cine, el libro se lee como una película sin clímax evidente. No hay grandes revelaciones, no hay conversiones espectaculares. Hay, en cambio, planos largos, silencios incómodos, miradas que no resuelven nada.

    Como en cierto cine espiritual europeo, la fe aparece aquí no como respuesta, sino como tensión narrativa. Cercas entiende —y ahí está una de las virtudes mayores del libro— que creer no es cerrar un sentido, sino abrir una herida: la de preguntarse por el otro cuando ya no hay certezas.

    En ese sentido, el verdadero protagonista no es el Papa, ni siquiera Dios. Es la duda honesta enfrentada a una institución que, cuando fue misionera, supo caminar con ella.

    Epílogo: el loco necesario

    El loco de Dios en el fin del mundo no propone volver a creer. Propone algo más difícil: volver a mirar la fe como una responsabilidad activa, no como refugio ni como discurso.

    Francisco aparece en el libro como el último gran papa misionero de nuestra época: no porque haya resuelto los problemas del mundo, sino porque se atrevió a señalar dónde estaban. El silencio posterior —real o percibido— nos obliga a preguntarnos si la Iglesia sigue dispuesta a asumir ese riesgo.

    Tal vez, como sugiere Cercas, la fe auténtica siempre parecerá una forma de locura.

    Pero es una locura necesaria en un mundo que ha normalizado la indiferencia.

    Y ahí está la lección más incómoda del libro:

    no es la fe lo que está en crisis, sino la voluntad de salir al encuentro del otro.

    *Es autor de la novela 30 Días en Cana. Tiene estudios de interpretación artística del cine por la Universidad Anáhuac de Querétaro.

    Fecha de publicación:
    16 de enero de 2026, 11:22

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