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El Super Bowl habló español (y eso fue lo verdaderamente incómodo)
Esta vez no vengo a hablar de un libro, ni de una película, ni de una serie. Vengo a un espectáculo que, por definición, suele verse como...
Fecha de publicación:
11 de febrero de 2026, 01:08
Esta vez no vengo a hablar de un libro, ni de una película, ni de una serie.
Vengo a dialogar sobre un espectáculo que, por definición, suele verse como entretenimiento efímero: el show de medio tiempo del Super Bowl. Pero hay momentos en que la cultura pop deja de ser un paréntesis y se convierte en territorio de disputa simbólica.
Eso ocurrió con el show de medio tiempo protagonizado por Bad Bunny. No por el despliegue técnico, ni por el número de espectadores, ni siquiera por el setlist. Ocurrió por una decisión central: ocupar el escenario más visto del mundo sin traducirse, sin suavizarse, sin pedir permiso cultural.
Lo que vimos no fue solo un concierto. Fue un gesto.
El medio tiempo como altar cultural
El medio tiempo del Super Bowl funciona como un altar laico. Un espacio donde se celebra la idea de un consenso nacional, donde todo debe ser suficientemente espectacular, pero también suficientemente neutral. Por eso, cuando algo descoloca, no es un accidente: es una ruptura del pacto.
Bad Bunny entra a ese altar sin negociar su identidad. El español no aparece como adorno ni como guiño; aparece como lengua principal. Y ese detalle —aparentemente simple— altera todo el dispositivo. De pronto, el centro se desplaza y millones de espectadores son obligados a mirar desde otro lugar.
Identidad sin traducción
Lo más potente del show no fue su estética, sino su negativa a explicarse. No hubo intención pedagógica, ni subtítulos emocionales, ni búsqueda de validación. La identidad no se ofreció como exotismo; se presentó como hecho consumado.
Ahí reside la incomodidad: cuando lo periférico deja de comportarse como invitado y actúa como protagonista, el sistema se revela. No por lo que dice, sino por las reacciones que provoca.
La incomodidad como síntoma
Buena parte de la conversación posterior al show no giró en torno a la música, sino a algo más profundo: quién tiene derecho a ocupar el centro y bajo qué condiciones. La molestia no fue estética; fue simbólica.
Y eso es revelador. Porque demuestra que la diversidad suele ser celebrada solo mientras no altere la norma. Cuando lo hace —cuando cambia el idioma, el ritmo, el código— deja de ser tolerable y se vuelve incómoda.
Pero esa incomodidad no es un error del espectáculo. Es su mensaje.
Pop, política y frontera
El show no necesitó consignas para volverse político. Lo fue por contexto. En un momento histórico marcado por discursos de exclusión, control migratorio y fronteras cada vez más rígidas, la presencia de un artista latino cantando en español en el evento más “estadounidense” del calendario deportivo funciona como una frontera cultural invertida.
No es un acto de provocación directa; es algo más sutil y, por eso mismo, más potente: una afirmación de existencia.
La periferia toma el escenario
Desde la periferia, lo ocurrido en ese medio tiempo puede leerse como algo más que un triunfo individual. Es un recordatorio de que el centro no es fijo, de que puede ser ocupado, disputado, resignificado.
Bad Bunny no pidió ser entendido. Se mostró. Y al hacerlo, obligó al espectáculo a adaptarse a él, no al revés.
Hay shows que entretienen.
Y hay otros que, mientras entretienen, mueven el eje.
Este fue uno de esos.
Si no lo viste
El show completo puede encontrarse fácilmente en plataformas oficiales y en YouTube, donde permanece disponible íntegro para volver a mirarlo con calma, más allá del ruido inmediato.
*Es autor de la novela 30 Días en Cana. Tiene estudios de interpretación artística del cine por la Universidad Anáhuac de Querétaro.
Fecha de publicación:
11 de febrero de 2026, 01:08
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