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2/4/2026
Fidel Ruiz

Fortuna / El inversor inteligente: aprender a resistir cuando el mercado pierde el alma

Hay libros que prometen riqueza. Y hay otros que enseñan cómo no perderse cuando el dinero se vuelve dogma

Fecha de publicación:
4 de febrero de 2026, 13:15

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    Hay libros que prometen riqueza.
    Y hay otros que enseñan cómo no perderse cuando el dinero se vuelve dogma.

    Fortuna, de Hernán León, y El inversor inteligente, de Benjamin Graham, parecen dialogar desde extremos distintos del tiempo y del tono. Uno es una novela que se adentra en la fragilidad moral del éxito; el otro, un tratado que se volvió catecismo de la prudencia financiera. Sin embargo, ambos comparten una misma sombra: la Gran Depresión, ese momento en que el mercado dejó de ser promesa y se reveló como riesgo existencial.

    Leerlos hoy —en paralelo— no es un ejercicio académico. Es una forma de entender por qué seguimos repitiendo las mismas tensiones entre codicia, miedo y responsabilidad, incluso cuando el vocabulario cambia.

    La depresión como origen del método

    Graham escribe desde la cicatriz. La Gran Depresión no es un capítulo histórico: es el fundamento de su pensamiento. De ahí surge su obsesión por el margen de seguridad, por la disciplina, por la desconfianza hacia el entusiasmo colectivo. En El inversor inteligente, la ética no es un adorno: es una técnica de supervivencia.

    León, en Fortuna, se mueve en otro registro. No prescribe; narra. Pero la lección es igual de severa: cuando el éxito se vuelve identidad, la caída no es económica, es moral. La novela entiende algo que el manual también sugiere: el mercado no premia virtudes; castiga descuidos.

    Ambos textos —desde lenguajes distintos— parten de la misma intuición: el dinero amplifica lo que ya somos.

    Wall Street como escenario, no como villano

    Ni Graham ni León demonizan el mercado. Lo que ponen en cuestión es la ilusión de control. Wall Street aparece como un escenario donde se proyectan deseos colectivos: crecimiento infinito, riesgo minimizado, futuro asegurado. La Depresión enseñó que esas promesas son frágiles.

    En Fortuna, el éxito tiene rostro humano: ambición, miedo, necesidad de pertenecer. En El inversor inteligente, el mercado es una entidad emocional —Mr. Market— capaz de arrastrar a quien confunde precio con valor. Dos relatos, una advertencia: cuando el ruido sustituye al criterio, la pérdida es inevitable.

     El presente habla con otro acento

    Hace unos días, en Davos, el discurso del ministro canadiense resonó con una claridad poco habitual: la prosperidad ya no puede medirse solo por crecimiento, y la estabilidad económica exige responsabilidad social, regulación inteligente y memoria histórica. No fue un llamado a frenar el mercado, sino a reconectarlo con la vida real.

    Ese mensaje encuentra eco directo en Graham: invertir no es apostar; es participar con juicio. Y dialoga, también, con Fortuna: el éxito desanclado de la comunidad termina vaciándose de sentido. La advertencia de Davos no es nueva; es una repetición necesaria de lo que la historia ya enseñó y solemos olvidar.

    Riqueza, valor y el costo humano

    Lo que une a ambos libros —y al discurso contemporáneo— es una pregunta incómoda: ¿para quién funciona el sistema cuando funciona? La Gran Depresión mostró el costo humano de la especulación sin freno. Hoy, con otros instrumentos y otra retórica, el riesgo persiste: crecer sin distribuir, invertir sin comprender, ganar sin sostener.

    Fortuna lo muestra desde la intimidad de quienes creen haber llegado; El inversor inteligente, desde la arquitectura de decisiones que evitan el desastre. Juntos proponen una ética mínima para tiempos de exuberancia: prudencia, memoria y responsabilidad.

    Epílogo: aprender a no olvidar

    Leer a Graham y a León hoy no es nostalgia ni técnica. Es educación cívica. La historia financiera no avanza en línea recta; oscila. Y cada oscilación pone a prueba lo mismo: nuestra relación con el riesgo, con el otro, con el futuro.

    Desde la periferia, estos libros recuerdan que la inteligencia económica no consiste en ganar siempre, sino en no perder lo esencial cuando todo parece posible. Y que, a veces, el progreso empieza por aceptar una verdad antigua: la fortuna sin memoria termina cobrando intereses demasiado altos.

     

    *Es autor de la novela 30 Días en Cana. Tiene estudios de interpretación artística del cine por la Universidad Anáhuac de Querétaro.

     

     

     

     

    Fecha de publicación:
    4 de febrero de 2026, 13:15

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