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México 86: cuando el fútbol todavía parecía pertenecernos
México 86 llega a Netflix en un momento demasiado preciso para ser leída sólo como una comedia deportiva...
Fecha de publicación:
9 de junio de 2026, 23:14
México 86 llega a Netflix en un momento demasiado preciso para ser leída sólo como una comedia deportiva. La película, dirigida por Gabriel Ripstein y escrita por Ripstein junto con Daniel Krauze, reconstruye —con licencias de ficción y tono de sátira política— la operación que permitió que México se quedara con la sede del Mundial de 1986 después de la renuncia de Colombia. En el centro está Martín de la Torre, interpretado por Diego Luna, un personaje ficticio inspirado en figuras y prácticas reales del futbol mexicano de la época: directivos de federación, operadores de poder, empresarios televisivos y negociadores que entendieron que un Mundial no se gana en la cancha, sino mucho antes, en oficinas, pasillos, favores y acuerdos. La cinta está disponible en Netflix y cuenta también con Daniel Giménez Cacho y Karla Souza dentro del elenco principal.
La película no idealiza la hazaña. La vuelve sospechosa. Y eso es lo que la hace interesante.
El Mundial de 1986 suele recordarse como una postal luminosa: Maradona en el Estadio Azteca, el gol del siglo, la mano de Dios, las tribunas llenas, México como centro del planeta futbolístico. Ripstein decide mirar antes de esa fotografía. Se instala en la trastienda. En el cálculo. En la mezcla de oportunismo, audacia y desparpajo con la que el país logró convencer a la FIFA de organizar una Copa del Mundo en tiempo récord, apenas después del terremoto de 1985 y en medio de un país que no precisamente caminaba sobre certezas.
Ahí aparece la primera incomodidad: la épica mexicana no siempre nace limpia. Muchas veces nace mezclada con picardía, improvisación, cinismo y una capacidad casi absurda para resolver al borde del desastre.
México 86 entiende esa contradicción y la trabaja con humor. No con el humor que absuelve, sino con el que deja ver lo que normalmente preferimos narrar como orgullo. La película se ríe de los mecanismos de poder porque sabe que, en México, la risa ha sido muchas veces una forma de reconocer lo que no queremos admitir solemnemente: que parte de nuestra historia pública se ha construido entre hazañas reales y métodos discutibles.
Martín de la Torre funciona como una síntesis incómoda de ese país. No es exactamente un héroe. Tampoco alcanza a ser un villano. Es el operador que entiende el sistema y decide jugarlo con sus propias reglas. La película lo coloca dentro de una red donde la Federación Mexicana de Futbol, la FIFA, los intereses televisivos y la política se cruzan hasta volverse indistinguibles. En ese cruce aparece Emilio Azcárraga, interpretado por Daniel Giménez Cacho, como recordatorio de una época en la que la televisión no solo transmitía el fútbol: ayudaba a construir su sentido público.
Esa parte importa porque el Mundial del 86 no fue únicamente un evento deportivo. Fue también un gran acto de producción simbólica. México no sólo organizó partidos. Organizó una imagen de sí mismo. Después del terremoto, después de la crisis, después de la duda internacional, el país necesitaba demostrar que podía sostener una fiesta global. La película encuentra ahí su centro narrativo: el Mundial como una operación de autoestima nacional.
Y quizá por eso verla hoy incomoda tanto.
El jueves empieza una nueva Copa del Mundo. México vuelve a ser sede, pero esta vez dentro de un torneo compartido con Estados Unidos y Canadá. El país tendrá trece partidos de un total de 104, repartidos entre el Estadio Banorte en Ciudad de México, el Estadio Akron en Guadalajara y el Estadio BBVA en Monterrey. Estados Unidos concentra la mayor parte de las sedes y los encuentros, incluida la final.
El dato es frío. La sensación no.
Este Mundial sucede también aquí, pero todavía no termina de sentirse nuestro. No porque falte pasión mexicana. Esa sobra. Lo que falta es pertenencia plena. Falta la sensación de que la fiesta fue pensada para el aficionado común, para la calle, para la familia que vivió los mundiales como una extensión de su casa. Hoy la experiencia parece más distante, más corporativa, más cara, más administrada. El fútbol mundial se ha vuelto una industria tan gigantesca que incluso los países anfitriones corren el riesgo de parecer escenografía.
La comparación con 1986 no debe ser ingenua. Aquel Mundial también tuvo intereses, negocios, televisión, maniobras y claroscuros. La propia película se encarga de recordarlo. Pero había algo que hoy parece más difícil de reconstruir: la impresión de que México ocupaba el centro emocional del torneo. No solo lo organizaba. Lo respiraba.
Ahora el centro parece estar en otra parte.
El cambio de nombre del viejo Azteca a Estadio Banorte también entra en esa conversación, aunque durante el torneo FIFA lo nombre de otra manera por sus propias reglas comerciales. No es un detalle menor. Los nombres cargan memoria. El Azteca era templo, barrio, mito, derrota, final, Maradona, Pelé, inauguración, himno. Banorte es patrocinio, remodelación, capital, modernidad financiera. No tiene que ser una tragedia. Pero sí es un síntoma.
El fútbol no perdió su alma de un día a otro. La fue negociando.
Por eso México 86 funciona mejor si se mira menos como nostalgia y más como espejo. La película muestra una época en la que México consiguió lo improbable con herramientas que hoy todavía reconocemos: relaciones de poder, medios, astucia, operadores, necesidad de mostrarse ante el mundo. La pregunta que deja no es si aquello fue más puro. No lo fue. La pregunta es por qué, con todos sus claroscuros, todavía se sentía más cercano.
Quizá porque entonces la distancia entre el Mundial y la gente parecía menor. Quizá porque la televisión abierta convertía el torneo en ritual doméstico. Quizá porque la ciudad todavía podía apropiarse de la fiesta sin sentir que todo pasaba por un filtro de exclusividad. Quizá porque el fútbol, aunque ya era negocio, todavía no había perfeccionado tanto la manera de recordarnos que la pasión también tiene precio.
Y aun así, sería un error convertir esta columna en puro lamento.
Porque somos mexicanos.
Y eso significa que podemos criticar el Mundial mientras contamos los días para verlo. Podemos quejarnos de los boletos y aun así buscar dónde reunirnos para el primer partido. Podemos sentir que la fiesta nos quedó lejos y, al mismo tiempo, apropiarnos de ella con una terquedad que ninguna estructura comercial termina de controlar.
Ahí está la parte más humana de todo esto.
El fútbol en México no depende solamente de la FIFA, ni de los patrocinadores, ni de las sedes, ni de la cantidad de partidos. Depende de una forma de vivirlo. De la sobremesa. Del jersey guardado. Del niño que pregunta contra quién jugamos. Del padre que vuelve a explicar lo que pasó en el 86 aunque lo haya contado mil veces. De quien no alcanzó boleto, pero igual se sienta frente a la pantalla como si estuviera en la tribuna.
México 86 incomoda porque recuerda que un Mundial puede construirse desde el poder y aun así terminar perteneciendo emocionalmente a la gente. El problema del 2026 es que la maquinaria parece más pesada, más lejana, más difícil de penetrar. Pero la emoción mexicana sigue ahí, esperando una excusa para desbordarse.
La película vale la pena porque llega justo antes de que empiece todo. Porque permite mirar hacia atrás sin idealizar demasiado. Porque muestra que la historia de los mundiales también se escribe en despachos, con ambición, humor, corrupción, televisión y orgullo. Porque nos recuerda que el fútbol nunca ha sido inocente, pero tampoco ha dejado de ser profundamente nuestro.
El jueves volverá a rodar la pelota.
Tal vez este Mundial no se sienta tan mexicano como imaginamos.
Tal vez lo sea menos de lo que nos prometieron.
Pero en cuanto México salga a la cancha, algo va a ocurrir. Algo viejo, irracional, conocido. Vamos a suspender la queja por noventa minutos. Vamos a creer. Vamos a discutir. Vamos a sufrir. Vamos a cantar como si la historia todavía pudiera escribirse desde aquí.
Y quizá esa sea nuestra forma más honesta de apropiarnos de una fiesta que parece haberse alejado de la gente: vivirla de todos modos.
Con incomodidad, sí.
Pero también con pasión.
Porque el fútbol mexicano siempre ha sido eso: una mezcla extraña de lucidez y fe.
*Es autor de la novela 30 Días en Cana. Cuenta con estudios de interpretación artística de cine, por la Universidad Anáhuac de Querétaro.
Fecha de publicación:
9 de junio de 2026, 23:14
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